Hay un sonido, nos informa nuestro cerebro. Y ese sonido está vivo, latente, añade nuestro informante. Es el sonido del sax tenor de Sonny Rollins. Sus características, su talante y tono, nos resultan inconfundibles. Están en la cuna de nuestra memoria.

Estas sensaciones me nacieron cuando me enteré que el maestro budista Sonny Rollins había abandonado el cuerpo físico a los plácidos 95 años de edad, en pleno ejercicio de su sonrisa.

Puse a sonar de inmediato el que considero su obra mayor, la que más me impacta de entre el cúmulo de obras maestras que grabó.

El disco se titula, flagrantemente, The Solo Album y es el resultado de la experiencia que maravilló a los circunstantes en los jardines del Museo de Arte Moderno de Nueva York una hermosa tarde del verano de 1985.

Bueno, maravilló a la mayoría pero puso en jaque a otros tantos, muchos de ellos reconocidos como "críticos de jazz" en publicaciones honrosas.

A todos ellos, el maestro Leonard Feather, quien sí sabe de música, los aporreó a coscorrones por no haber entendido nada, pues esos supuestos expertos peroraron barato en sus distinguidas publicaciones con diatribas a diestra y siniestra contra el maestro budista Sonny Rollins, quien no había hecho otra cosa que ponerse a practicar la meditación con su sax tenor como extensión de sus pulmones.

“Es que se puso solamente a calentar”, “es que no nos complació con ninguna melodía que todos conociéramos”, “es que no nos dio chance de tararear y de mover inescrupulosamente el pie derecho mientras, sentados, hacíamos como que tocábamos la batería”. “Es que a Chuchita la bolsearon”.

Pero hubo quienes sí entendieron, todo. Mi maestro Jon Pareles: “es quizá lo más cercano que podamos estar del flujo de conciencia de un gran músico”.

El maestro Chip Stern: “una cosa maravillosa como la cima de una montaña inescrutable que se abre entre las nubes por primera vez”.

¿Por qué no entendieron los que no entendieron?

Entre otras cosas, porque los sacó de su zona de confort. Están acostumbrados a no pensar, a no asociar ideas. A no recordar.

Lo que hizo Sonny Rollins es francamente subversivo: se plantó frente al público con su sonrisa y su sax tenor y durante una hora discurrió, entonó, ideó, imaginó. Recordó.

Es decir, sin la batería para que los que aúllan en los conciertos de jazz, se junten con lobos. Es decir, sin el bajo para que todos en sus asientos sigan el punteo de la yema de los dedos sobre las cuerdas, con la suela del zapato izquierdo. Es decir, sin un piano, para que los aulladores no dejen escuchar los pasajes más quietos, los más exquisitos.

Sin nada de eso. Sin adornos. Sonny Rollins se volvió un ser soleado (sunny) con el resplandor de oro de su sax tenor en largas improvisaciones que se parecen mucho al funcionamiento de la memoria y extravió a los circunstantes en los laberintos de sus cerebros con una profusión de frases sólidas, temas como relámpagos (aparecen, iluminan la noche oscura y en el mismo instante desaparecen), citas de obras célebres pero sin ningún desarrollo temático. Una estructura.

Pude haber elegido otros discos de Sonny Rollins que me gustan mucho. De hecho, no hay ninguno de él que no me guste, todos son obras maestras. Pero elegí The Solo Album porque no hay otro en el universo como este prodigio de imaginación, creatividad. Genialidad.

Es como los conciertos a piano solo de Keith Jarrett, quien se sentaba durante una hora frente a su piano en conciertos donde todo nacía de su imaginación del instante, de su cerebro. De su manera de recordar.

El álbum solo de Sonny Rollins solamente tiene dos piezas: Soloscope, Part 1, que dura 28 minutos y 15 segundos, y Soloscope, Part 2, en 27 minutos y 55 segundos de asombro tras asombro sin asomo de sombra alguna. Todo sunny, todo soleado.

El repentismo, el dictamen del inconsciente, el producto del pensamiento instantáneo. La manera de estar vivo y para siempre.

La improvisación de Sonny Rollins, apunta Chip Stern, es “una majestuosa inevitabilidad temática que enorgullecería a Mozart”.

Recordemos que la obra cumbre de Johann Sebastian Bach, El clave bien temperado, consiste en preludios y fugas producto del instante, del pensamiento repentino. De la improvisación.

Hay de repente en el disco para sax solo de Rollins, arias de ópera, frases de canciones populares, vernáculas, una frase de la Sexta Sinfonía de Beethoven, incluso algunos temas jarochos, por supuesto hay mucho calipso, dado que los padres de Sonny Rollins emigraron del Caribe hacia Nueva York. Es muy divertido adivinar esos pasajes que aparecen, relampaguean y se convierten en otra cita, en otro eco, en un guiño más. Es un disco matrioshka, una caja de sorpresas. Profuso.

Por cierto, el sentido del humor que permea todos y cada uno de los muchos discos de Sonny Rollins, campea en su disco a sax solo. Solo sax.

El teórico Joachim E. Berendt hace notar que Sonny Rollins es “un gran improvisador, pleno de temperamento y vitalidad, todo despreocupado de las estructuras armónicas sobre las que improvisa, marcando apenas las líneas melódicas con notas en staccato, muy separadas, a veces ridiculizándolas e ironizándolas. Es la misma generosidad que se presenta en las improvisaciones pianísticas de Thelonious Monk”.

(Ya que mencioné a Monk, recomiendo la escucha de los discos que grabó con Monk y con Miles Davis y con John Coltrane.)

El sonido de Sonny Rollins es hermoso. Muy hermoso.

La voz del maestro de maestros, Ted Gioia:

“En la base de su arte había una celebración de la improvisación la cual sirvió como razón de ser para sus mejores grabaciones y conciertos. A veces su gusto por el flujo espontáneo de ideas musicales lo llevaría a producir ensoñaciones extravagantes de sax sin acompañamiento. Una corriente de conciencia joyceana emitida por el pabellón de su sax. Estas incursiones impredecibles llegaron a alcanzar una categoría casi mítica.”

“Un equivalente en jazz a la sección de desarrollo de la forma sonata”.

Luego de varias horas de escuchar una y otra vez este disco de Sonny Rollins me llegó una nueva asociación de ideas y grité: “¡Carajo, esto que estoy escuchando es lo que acabo de leer en el nuevo libro de Julian Barnes!”

En efecto, en su reciente título, Despedidas, el gran escritor y melómano británico apunta esto: “El último artículo que he recibido de la doctora Jacky lleva un título adecuadamente literario: ‘Proust y Madeleine juntos en el tálamo’. Seguí leyendo, por supuesto. ‘Madeleine, como recordarán, no era el gran amor de la vida de Proust, sino una magdalena que, al mojarla en el té, generaba un recuerdo autobiográfico involuntario (IAM). La fuente del informe clínico era la revista Neurology Clinical Practice’”.

Explica Julian Barnes que Marcel Proust “toma conciencia de una especie de realidad esencial, más profunda, que se encuentra ahí afuera –o ahí debajo– inaccesible en su mayor parte para nosotros, pero a la espera de ser capturada o recapturada. El primero de estos momentos cuasitrascendentes aparece pronto en la novela”.

La existencia de los IAM, y el hecho de que tomemos conciencia de ellos, “cambiará también, comprendo, nuestra relación con nuestra mente”.

Y todo esto vino a mi mente mientras sonaba, una y otra vez, el sax tenor de Sonny Rollins solo, sin magdalena ni té, sin distractores. Solo la música. Es decir, el pensamiento humano.

Volver al inicio